Descomposición

 

Tu cuerpo yace en estado de estupefacción putrefacta. Los gusanos reptan en la honda sima de tu pelvis ennegrecida, amoratada por el tiempo transcurrido entre la muerte y el momento en que te miro enternecido. Tus piernas están en lo alto, en una posición poco natural para una muchacha de tu edad: parecen las piernas de una muñeca o un maniquí que está a punto de descoyuntarse. Los dedos, allá, lejos, apuntando hacia el techo, son lívidas palomas enjauladas.

Tu faz es, toda, un canto a la huida, a la desesperada súplica de muerte que se desangra dentro, en tu vientre, en el tímpano de tus oídos, en el iris de tus ojos, en el vello de tu pubis, en el arco de tus axilas astilladas por el incipiente y engrosado buitre que ronda tus recovecos; tus uñas, antes rotas, resquebrajadas esquirlas pétreas de tus riscos alargados, crecen ahora sin vanidad y sin concierto, en la persistencia umbría del canto mortuorio.

Tus muñecas se forman en una cruz llagada, escurrida por los distintos momentos de la coagulación y de la herida. Muertos tus tobillos, llevan a la superficie de la piel, piélago diáfano que escupe al ahogado, las venas verdosas, ojizarcas, de los huesos salientes.

Te miro y siento que nunca he amado más a nadie. Tú, en tu heterodoxo apostamiento, puedes más que cualquier fortaleza orgiástica de ninfas arrojadas. Tus desesperadas pupilas me llenan más que cualquier bacante entregada a la ingestión de carne palpitante. Tu huella ha ollado más mi mente que el Pegaso a la fuente.

Ha perdido tu cuerpo la turgencia y se muestra cadavérico, cristalino y fino como una escultura, como un bong que se enciende con las bocanadas, con el humo que rellena cada espacio de su transparencia. Eres una muñeca de Bellmer que se extiende en toda su esplendorosa fotogenia.

Mis ojos se han llenado de tu abandono; mi sangre ha hervido con la sangre derramada de tu martirio. Me he rendido, arrebatado, al suicidio sórdido que has proclamado en el quinto piso de un edificio inmaculado en una noche lluviosa de otoño.

 

EM.

 

 

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Esos que éramos

Vivo en la miseria. La vida decae a cada minuto a causa de los nervios que me han dejado tus ausencias; el clima es demasiado caluroso o demasiado frío, muero de calor, muero de frío. Tú, en tu pedestal de riqueza y felicidad, miras con condescendencia al que levanta la vista hacia ti. Estás vacía, acaso más que yo que no soporto la vida.

Miras sin ansía el existir que te lleva de una costa a otra. No hay asco en tu mirar; no hay desesperación ni miedo. Es un mundo aburrido el de las certezas; es un mundo tedioso el de la desesperanza. Aburrimiento y tedio. Los dos somos habitantes de un mismo planeta. Pero yo anhelo, tú te has conformado con las luces de artificio que rodean tu cabeza, que coronan tu frente altiva.

Era una mañana y tú estabas sentada en un parque, con las piernas cruzadas y el uniforme escolar nimbándote los muslos. Tenías un cigarrillo entre el medio y el índice izquierdos. Tu mirada, que ya me había percibido por el rabillo del ojo, parecía negar mi presencia centrífuga, acezante. Veías, en fin, hacia la vieja estructura blanca que servía de cuarto de trastos a los del departamento de limpia.

Me acerqué con la vista nublada, apenas adivinándote y con una gota transparente de excitación en la punta que cubría mi pantalón gris. Te deseaba desde hacía tanto y ahora parecía que estabas dispuesta, que renunciabas con tu mirada ausente a la detentación de la pureza impuesta por la tradición; mi sexo adivinaba tu entrega.

Cuando estaba a escasos cinco pasos, arrojaste el cigarrillo a la pista de gravilla, te ceñiste el pelo y descruzaste las piernas blancas. Te pusiste de frente a mí y te abriste ligeramente para permitirme entrar en el espacio de tus muslos. Me olfateaste el pecho que yo había perfumado; yo sentía el calor de tu entrepierna y dormía en las dunas de tu cabello.

Me besaste la barbilla y meciste tus manos en mi espalda que temblaba. Te levanté la cara y te besé en los labios entreabiertos. Me recibiste con un embate de lengua ondulante; te rebatí. Mis manos, que bajaban inseguras, se pusieron ansiosas cuando llegué a tu ombligo, a tu pelvis, a las pantaletas blancas que exudaban.

Maniobré con mis dedos entre los pliegues de tu falda. Metí la mano en el montículo delicado e hirsuto; mi mano derecha manoseaba tus senos llenos, de colegiala. Gemiste despacio, con un suspiro entrecortado. Sentí el calor de tu aliento y me moví despacio entre tus labios: arriba y abajo.

Te levantaste despacio y, cuando acerqué mis manos a tu cara, percibí el olor acre de tu sexo llameante. Me senté y tú te sentaste en mi regazo urgente; sentiste la dureza de mis insomnios y despertaste a tu vez con una sonrisa somnolienta, lánguida.

Hiciste a un lado la ropa interior y buscaste la posición exacta. Cuando se dio la unión, tus piernas se cerraron lentamente, disimuladas a las potenciales miradas de los paseantes. Te moviste con dolor y lentitud; jadeabas.

Las hojas de los árboles caían despacio a cada suspiro de nuestras bocas. Nuestros cuerpos, por una vez unidos, se tensaban en el dolor del movimiento contenido. Las hierbas oscilaban expectantes en el suelo, miraban tus piernas y mis manos, tus ojos y mi boca. Me cerní y te empujé con fuerza.

Tu rostro, compungido y vacilante, me dijo que seguiríamos caminos diferentes.

Ahora te recuerdo en mi miseria, en la vacuidad de mirarte marchita, en el jadeo eterno de no extrañar a esos que éramos.

 

 

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Sueños de la hoguera

 

 

Lunes:

 

Estoy metido bajo las sábanas azules que amaba de niño. Mi padre se ha ido hace un momento después de explicarme o contarme algo. Dejo encendido un momento la lámpara que me sirve para no tener miedo mientras el sueño se apodera de mi cuerpo.

Me veo sin poder dormir, husmeando en los rincones de la habitación que no es la que en verdad tenía en ese tiempo. Parece una habitación gringa, salida de una película como It o alguna otra basada en algún libro de Stephen King. No sé si lo pienso como una voz en off que se aproxima desde fuera o si en me lo dice mi mente en el mismo sueño, pero creo que he visto alguna película de ésas hace muy poco tiempo.

Empiezo a tener miedo y me cubro con las sábanas, como hacen todos los niños de seis o siete años, esperando que éstas se conviertan de pronto en una capa indestructible a prueba de monstruos y demonios. El temblor que se desprende de mi cuerpo se apodera también de mi mente que no puede enfocarse en algún pensamiento feliz o apacible que me ayude a dormir.

La tremolación es tal que empiezo a sentir como si algo caminara por encima de mis sábanas azules. Mis piernas sienten un cosquilleo macabro que hace que en mi garganta se mezcle una sensación de repulsión y asco. De pronto, sobre mi rostro hay algo que camina y chilla, siento sus patas pequeñas recorrer mi nariz y mi boca por sobre la cobija.

Algo pesa en mis piernas y lo sacudo. Al caer al suelo, eso que he sacudido chilla más fuerte. No pueden ser otra cosa. Mi rostro, que tengo miedo de levantar, se mantiene inmóvil, esperando que aquel otro animalejo se mueva y busque algún sitio para el escape. Estoy aterrado y sin poder gritar; sus patas me recorren el rostro. Siento una respiración ligerísima, un olisqueo sobre las comisuras de los labios.

Me levanto de un golpe, como un cataléptico que ha vuelto a la consciencia. Siento a la rata que vuela hacia mis piernas y escapa asustada. Grito, grito tan fuerte que me deja sordo mi propia voz desgarrada. Me queda aún la sensación de sus pequeñas patas sobre mi cuerpo.

Entran mis padres, asustados, mirándome como si no me reconocieran. Preguntan por lo que ha pasado y no sé cómo contarles. Les digo por fin que han sido ratas, que las he visto huyendo hacia debajo de la cama; que son muchas y que han caminado por mi cuerpo.

Mi padre, con precaución, se asoma por debajo de la cama y no ve nada; mueven el mueble buscando algún hoyo en la pared, algún refugio. No encuentran nada y me dicen que he soñado. Les digo que las he visto y, sobre todo, que las he sentido caminar por mi rostro, por mi estómago y mis piernas, como si quisieran devorarme.

Madre promete quedarse por un rato y yo me acuesto, tranquilizado. Mis ojos se cierran muy fuerte y mis manos se aferran a la camisa del pijama de mi madre. Intento dormir y parezco hacerlo. Mi madre sigue allí, con la espalda encorvada recargada en la cabecera. Parece tranquila, como si no sintiera nada. Yo no puedo evitar sentir aquellas patas pequeñísimas sobre mi cuerpo.

 

Martes:

 

Hay un hombre con una gabardina o con una chamarra de cuero negro. Corre por la calle y yo lo veo de frente, como si viniera hacia mí en una película. Huye de algo que no veo porque el fondo de la calle es completamente obscuro, como el color de su chaqueta.

Está peinado para atrás, como se peinaban Andy García, Danny De Vito y Al Pacino en las películas de la mafia. Siento su respiración agitada como si estuviera corriendo justo al lado de mi cama, fuera del sueño. Me desespera ese sonido anhelante y repetitivo de su resuello.

Nada ni nadie parece venir detrás. En mi mente inconsciente se dibujan difusamente las figuras de perros de caza y de hombres con bates y cuchillos, pero nunca terminan de aparecer en la escena. Me inquieta ese carácter indefinido de lo que ocurre. Quisiera saber si es un asalto o una riña de copas.

No veo nada al fondo de la calle y ese tipo de nariz aguileña que parece un estereotipo de italiano de Nueva York sigue corriendo, siempre de frente a mí, como si yo me desplazara imperceptiblemente con una cámara invisible.

Escucho su respiración anhelosa y cada vez más entrecortada. Casi siento el sudor que corre por una frente en la que no se nota ningún mechón negro desacomodado. Luce impecable, como en el cine.

Parece que el sueño llega a su fin como muchos de esos sueños repetitivos e inconclusos; sueños nada más que momentáneamente inquietantes. Sin embargo, este aún no termina y, como en una ráfaga, veo a algunos mafiosos hablar entre ellos; mi mente, por una conexión que desconozco, deduce enseguida que hablan de una traición, de un chivato.

Aquél hombre que parece Andy García o Al Pacino, ha hecho algo imperdonable para aquellos que alguna vez fueron sus aliados, los miembros de la pandilla a la que pertenecía.

Enseguida, sin otra mediación, veo a una mujer sostenida por varios hombres que se sirven de ella como si sólo fuese un pedazo de carne. La escena es brutal y casi me causa un deseo de llorar. La mujer, que lucha impotente al principio, deja de hacerlo después de unos momentos.

Los hombres, una vez consumada su venganza, dejan a la mujer desmayada en la cama, con una delicadeza que contrasta con toda la brutalidad de la escena anterior. La mujer parece una virgen y un halo de luz entra desde la calle que se adivina más allá de la puerta abierta.

Los hombres desaparecen en un instante y se ve a aquél Andy García llegar a la casa, entrar por el vano y recoger en sus brazos a la mujer entre llantos desgarrados. Al levantarla, se ve en la cama blanca una mancha enorme de sangre.

 

Miércoles:

 

Cuando niño, siempre al dormir tenía el sueño de un elefante. Un paquidermo enorme, que se salía del cuadro de mi visión y que sólo dejaba ver la enorme cabeza y las patas delanteras. La sensación de su enormidad me causaba una ansiedad incontenible.

El elefante, gris, como siempre me había imaginado al que la serpiente de El principito se había comido, empujaba con su trompa una pelota de colores. Una pelota como la aquél juego de video: Circus, que me resultó siempre extremadamente difícil.

La pelota, que no se movía como una de verdad, sino mucho más lento, al ritmo de la parsimoniosa caminata del elefante, aumentaba por alguna razón la sensación de pesadez y de ansiedad en mi mente. Sentía como si de pronto algo enorme e incontrolable me embistiera, como un barco que lanza sobre un pequeño bote indefenso.

El elefante y la pelota de circo, siempre lentos, siempre repetitivos, fueron, durante mucho tiempo, las imágenes más aterradoras de mis noches.

 

Jueves:

 

Hay una pintura, no sé si de Wilfredo Lam o de Dalí o de alguien que no recuerdo, que presenta en su esquina inferior izquierda una cañería que parece tener en su escape un chorro de tierra o de excremento. Yo veía ese tubo en un sueño recurrente. Sólo ese detalle (tal vez por eso no recuerdo al autor de la obra)
aparecía en mi universo onírico al menos una vez a la semana.

El caso es que la cañería estaba allí, en grande, como cuando uno acerca la vista a un detalle de una fotografía en la computadora. La esquina del tubo con un chorro de mierda saliendo por su desembocadura y, al fondo, un atisbo de un sol quemante, un amarillo intenso apenas adivinado.

Empiezo a acercarme al tubo y éste, como es lógico, se va haciendo más grande conforme lo veo de más cerca. Comienza a cobrar realidad con el avance de mis pasos que lo tienen siempre de frente. De repente se convierte en uno de esos tubos de cemento o de asbesto que se usan en las grandes obras inconclusas de algunos gobiernos.

Entro en él, manchándome un poco los tenis.

Todo parece relativamente normal en el interior. Es como una cloaca desierta, en desuso, casi sin líquidos que corran por su interior; apenas se vislumbran algunos charcos insignificantes en la esquinas o en las intersecciones que se forman por los tubos unidos que crean un entresijo en el que me voy adentrando sin razón aparente, como un espeleólogo.

Sigo caminando por un tubo recto y largo que me lleva a una habitación ingente, como un almacén de esos que los neoyorkinos ricos convierten en lofts rústicos y bohemios. De hecho, veo arriba una estructura industrial que sostiene el techo de aquella pieza; está oxidada y hay una gotera que retiene mi atención por un momento.

Al regresar la vista al suelo, veo frente a mí un pedazo de mierda enorme, parecido a una enorme pupa a punto de explotar. Me dan arcadas y quiero irme de allí pero mis pies no responden. Los excrementos parecen reproducirse y, conforme extiendo la vista, aparecen más de esas enormes pupas cafés que me hacen vomitar de asco y de desesperación.

 

Viernes:

 

Se escucha un ruido de vidrios rotos abajo, en un taller de carpintería que no conozco. Es una casa en la que nunca he vivido pero que en el sueño parece habitual. Me levanto de la cama sin zapatos y camino despacio por el pasillo, hasta el pie de la escalera.

Toda la casa es de madera y tengo miedo de que cruja aquél suelo viejo. Me agachó muy despacio y me asomo hacia abajo, hacia la entrada que es ni más ni menos que un aparador que ahora está roto.

Pienso enseguida en ladrones que se han llevado la herramienta. Sigo en cuclillas intentado adivinar por el silencio su rápida huida. Por unos treinta segundos no se escucha nada. Después, escucho cuchicheos y un ligero crujir de madera. Seguramente han pisado los restos que han ido cayendo durante el día.

Los veo pasar por debajo, muy cerca de donde estoy. No voltean jamás hacia arriba y no se percatan de mi presencia. Salen por el aparador que han hecho estallar hace un momento. Son dos, llevan los cabellos levantados.

Una vez que salen, bajo despacio. No quiero mover nada hasta que haga una llamada a la policía. Llego abajo y escucho un ruido al fondo. Miro hacia allá y veo la silueta de un hombre; parece que también me ha visto pero no dice nada.

Yo me agacho y me oculto en una mesa, muy cerca del aparador roto, e intento no cortarme los pies ni hacer ningún ruido. Tomo un pedazo de vidrio grande entre mis manos.

Los pasos del hombre, ahora sobre aviso, ya no son tan sigilosos y puedo adivinar su ubicación sin demasiados esfuerzos. Quiere salir pero no sabe dónde me encuentro; va despacio, intentando evitarme o sorprenderme. Lo oigo.

Está ahora cerca, tal vez demasiado. Pienso que no sabe dónde estoy y espero. Al sentirlo junto a la mesa, me incorporo con un movimiento rápido y suelto golpes con el vidrio que empuño con un dolor sordo que chorrea.

Oigo sus gemidos y lo veo caer al suelo. Lo atizo dos o tres veces más y ahora sé que está muerto o al menos mal herido. Corro al rincón a encender la luz y veo que es sólo un chico, unos quince años a lo mucho. Está muerto y tasajeado como una res en el matadero. Me doy cuenta de que no le he asestado tres golpes, sino muchos. Mi mente se pone roja, y despierto.

 

Sábado:

 

Yo estoy acostado en la cama y tengo enfrente de mí un ropero con una luna grande. Estoy medroso, tengo una sensación de terror que no puedo controlar y que no parece tener razón o motivo aparentes. Me tapo la cabeza con las cobijas y respiro profundo, intentando calmarme.

La sensación persiste, como cuando alguien nos observa de lejos o se acerca de forma amenazante: algo en nosotros nos lo avisa sin revelarnos nunca cómo. Yo siento eso, siento que alguien está allí, que me mira y no deja de  hacerlo. Está viéndome sin intentar ocultarse; al contrario, parece que espera a que yo voltee y tome consciencia de su presencia.

Tengo miedo.

El calor comienza a hacer de las suyas debajo de las cobijas. Yo, que transpiro como loco, no puedo soportarlo y mi frente se perla rápidamente; me sofoco y tengo que salir de allí antes de que me dé un ataque de pánico.  

Mi hermana, todavía muy pequeña, yace tranquila en la cama de al lado. Su respiración apacible me despierta la consciencia de que la mía está agitada. El horror, diría Conrad, no me deja voltear hacia aquél espejo que tengo de frente.

Miro hacia mi hermana que duerme. La luna está allí y no quiero mirarla. Sé que alguien está esperando a que voltee pero no quiero hacerlo, no quiero mirar hacia allí.

Volteo rápido y lo miro: es un hombre de sombrero de copa, de otro tiempo, que está parado en el espejo. Su bastón se apoya con fuerza en el piso y yo cierro los ojos. No vuelvo a abrirlos hasta la mañana siguiente. El hombre se ha ido y jamás he vuelto a verlo.

Domingo:

 

La casa en donde viví de niño era grande, alta, con salientes en cada azotea. La cejilla que daba a la calle era aterradora porque causaba una sensación de vértigo debida a su altura y al aspecto endeble de la barda que la circunscribía.

En el sueño, mi madre y yo estamos haciendo algo sobre aquella saliente. Nos sostenemos con una mano de la barda y con la otra, siempre en cuclillas, limpiamos algo que parece lodo estancado o restos de hojas podridas.

La sensación que yo tengo al estar allí es la de una total inseguridad. La sola idea de ponerme de pie sobre aquella saliente me causa ñañaras. Mi madre, al parecer despreocupada pero sin soltarse nunca de la barda, sigue limpiando mientras yo estoy más bien fingiendo que limpio aquella suciedad que seguramente obstruye el desagüe de la azotea en los días de lluvia.

Nos movemos en cuclillas a lo largo de la saliente y destapamos los tubos que sacan el agua de la azotea y la dejan caer en la calle. Metemos una varilla para echar hacia la azotea todo lo que no pueda sacarse. Mi madre parece una experta haciéndolo.

Al llegar al final de la ceja, me dice algo, seguramente que ya casi acaba, que vaya por una escoba o simplemente que ya me pase para el otro lado. Yo tardo un rato en hacerlo porque, como ya dije, el sólo hecho de pensar en ponerme de pie y estar en el aire por una milésima de segundo mientras salto la barda, me aterra.

Al final, lo hago lo más rápido posible con una diadema de perlas sudoríficas en la frente: salto al otro lado y veo a mi madre terminar la tarea. Ella se incorpora y me pasa su espátula o la varilla, no sabría decirlo. Se apoya en la barda y, al intentar saltar, su cuerpo le traiciona y la lleva hacia atrás. Yo la veo intentar mantener el equilibrio y estiro la mano demasiado tarde.

Veo a mi madre caer e irse en un precipicio que de pronto deja de ser de unos metros para convertirse en una sima insondable. La perspectiva del sueño cambia y ahora nos veo desde arriba: mi madre cae y cae por mucho tiempo y yo estoy a la orilla del precipicio, estirando la mano intentando alcanzarla.

 

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Corpus

ultima-noche

 

No lo premedité, eso hubiese sido vulgar.  Simplemente un día, al abrir los ojos en una mañana de resaca, escuché los golpes secos y los chillidos de los perros y un instinto me recorrió todo el cuerpo, como un rayo que se cuela por cada una de las arterias.

En un instante comencé a odiar sus ojos, su rostro estúpido, sus botas de obrero y el impermeable amarillo que usaba en los días lluviosos. Odié cada maldita gotas de sangre que corría por sus venas de pueblerino inculto y no pude evitar desear su muerte.

Al levantarme de la cama escuché el sonido de la puerta que se estrellaba con un grito sordo de madera sólida. Me puse la camisa y los pantalones de mezclilla y me lavé los dientes perfectamente, con calma, mirándome al espejo sin parpadear, auscultando cada espacio de mi boca.

Bajé despacio y encendí la cafetera negra que ya tenía, desde la noche anterior, la cantidad exacta de café que me gustaba; toqué con el meñique el cenicero de vidrio cortado que esperaba el desperdicio del cigarrillo matutino. Me senté a la mesa a fumar mientras la cafetera empezaba a emitir esos ruidos de viejo que refunfuña sin dentadura.

Hojeé el periódico del día anterior y pensé que después de visitar al vecino pasaría por el de ese día.

Lo oí regresar y azotar la puerta nuevamente. El sonido me crispó la cabeza que, no obstante, mantuve en su lugar hasta después del café que bebí de pie mientras elegía un cuchillo sólido de mango negro que siempre usaba para cortar carne que asaba en el jardín.

Tomé el último sorbo de la bebida negra que dejó un gusto terroso, como de sangre, en mi boca.

Atravesé la cocina con sosiego y me miré en el espejo del recibidor: mi rostro era el mismo de siempre pero se notaba en él una ligera palidez.

Le di la vuelta al picaporte y salí a la calle en donde respiré hondo y apreté el cuchillo en el bolsillo de la chaqueta café que más  me gustaba. Por un momento pensé que era un error usarla en una situación en que pudiera ensuciarse irremediablemente, pero al instante rectifiqué puesto que algunas cosas tenían que hacerse de una vez y para siempre.

La puerta era café con un vitral semitransparente en el centro. Toqué el timbre y esperé con el cuchillo en la mano, ya colgando al lado de mi cuerpo. Mis palmas latían y sentía como si una ola de calor las recorriera de pronto. Esperé y escuché sus pasos viniendo por el pasillo.

Abrió lentamente, como con miedo, con esa mirada estúpida ya referida.

Sonreí con ironía y clavé el cuchillo en su costado derecho, cerca del hígado. Me encantó ver los ojos que se le salían del rostro crispado y a cada instante más anguloso. Saqué el cuchillo y lo enterré en la boca del estómago; después, por un anhelo estético, por guardar la simetría, lo volví a asestar en el costado izquierdo, más cerca de las costillas que del corazón.

Todo pasó en un segundo. El hombre cayó con lentitud, aferrándose al picaporte dorado de su puerta ridícula.

Lo empujé con el pie derecho y lo rematé de una patada con mi mejor pierna. Su cuerpo se alejó hacia la escalera. Quedó maltrecho con la rodilla izquierda doblada y la mano derecha en el aire, rogando al cielo.

Cerré la puerta y lo arrastré hasta el traspatio en donde estaban los perros. Lo tiré allí y éstos se acercaron a lamer la sangre del suelo. Seguramente los había matado de hambre el mismo que ahora les servía de sustento.

Cerré la puerta del traspatio para dejar que los canes se concentraran en comer la carne que les ofrecía.

Limpié el cuchillo en la tarja de la cocina: tenía al lado una tina desbordante de platos asquerosamente sucios.

Salí de la casa gritando buenos días y me dirigí a comprar el periódico, contento de que mi chaqueta café estuviese pulcra e intacta, tal como me la había puesto en la mañana.

 

EM (TEXTO Y FOTOGRAFÍA).

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Bolsa interior de saco negro

 

 

Compramos boletos para ver a la Sinfónica Nacional en Bellas Artes en una galería de las más altas –nuestro presupuesto había decrecido por los constantes pagos a las tarjetas y mis gastos continuos por drogas que, por supuesto, yo cubría con tramoyas de todo tipo-.

El programa parecía interesante con un par de piezas de un clásico francés y un clásico ruso con una pieza menos conocida pero igualmente brillante de un compositor y musicólogo brasileño.

Todo comenzó despacio y, mientras los músicos daban la nota y preparaban los últimos detalles del concierto, yo me concentraba en tentar compulsivamente la bolsa interior de mi saco negro y ver la hora en mi reloj italiano plateado.

Ella parecía completamente despreocupada inclusive aburrida por la espera en un lugar al que ya habíamos ido tantas veces y en el que, por tanto, ya no había nada qué descubrir o mirar con interés.

Intenté leer los detalles del programa y las semblanzas biográficas y artísticas de los compositores pero me fue imposible debido al sudor que perlaba continuamente mi frente. Sentía frío y calor alternativamente y no podía concentrarme en la lectura ni en la cúpula del teatro ni en la charla con ella, que iba animándose conforme se acercaba la entrada del director.

Me puse de pie por un momento para buscar algo en la bolsa trasera del pantalón y me volví a sentar tan fuerte que el par de colombianos que estaban a mi lado voltearon a verme como si estuviera profanando a sus esposas.

Comienza la función y todos guardamos silencio; yo sigo la música con mis dedos para calmar la ansiedad de mi cerebro que no para de pensar en el bolsillo interior del saco negro.

Pasa lentamente la primera pieza en la que hay un allegro muy corto y comienza la segunda, la del brasileño, rematada por un fragmento rítmico dominado por el saxofón que es, por supuesto, algo poco común en un concierto clásico.

Llega el intermedio.

Salimos juntos, esquivando a las personas que permanecen sentadas durante el intermedio y subimos unas escaleras cortas que nos llevan hasta el pasillo. En algún momento, sin que ninguno de los dos nos demos cuenta, nos separamos y cada uno busca el camino hacia los sanitarios.

Un hombre de seguridad, de riguroso traje negro, ve mi desesperación y el sudor de mi frente e inquiere:

 

  • ¿El servicio, caballero?
  • Sí, por favor –contesto con voz temblorosa.
  • Por aquí, al fondo –mientras estira su mano derecha para indicarme la dirección.
  • Gracias –casi grito mientras me alejo rápidamente.

 

Tengo apenas diez minutos para colocarme y regresar a mi asiento que, para ese momento, me parece ya muy lejano e inubicable.

El baño está desierto a pesar de que es el intermedio. Entro al sanitario para discapacitados que es el más amplio y al que se le brinda un grado mayor de privacidad. Saco las cosas del bolsillo interior del saco negro. Están envueltas en un pedazo de raso rojo: jeringa, sustancia, encendedor y cuchara.

Aguzo los oídos para saber si alguien entra… Nada, nadie.

Enciendo rápido, con las manos temblorosas por el ansía. Apago en cuanto siento que está listo y busco la vena. Inyecto en el momento exacto en que dos jóvenes entran al baño. Escucho su cháchara por un momento mientras el sonido de su orina choca contra el material blanco del mingitorio.

Espero. Salen lentamente y sin sospechar nada.

Salgo del retrete completamente tranquilizado. Pongo agua en mis manos y la dejo correr por un par de segundos. Cierro la llave y sigo mirando el lavabo.

De pronto, sin que parezca explicable por qué lo recuerdo, llega a mi mente la imagen nítida del boleto:

 

¡NO HAY ACCESO UNA VEZ INICIADA LA FUNCIÓN!

 

Levanto la cabeza y salgo del baño sin saber cuánto tiempo he estado dentro. Camino rápido y, un momento después, comienzo a correr con desafuero.

Mientras corro hacia las puertas de acceso antes de que las cierren y ella prepare su escándalo para el momento de llegar a casa, recuerdo vagamente a mi tío Pablo tirado en el cuchitril que llamaba cuarto. Tiene un colchón con los resortes saliéndose y él está tendido a las dos de la tarde de un sábado. Hay múltiples bolsas absorbidas de cemento y Resistol  y, sobre una silla vieja, hay quemaduras y colillas de cigarrillos sin filtro.

El cuarto hiede y él está tapado hasta la cabeza con la sábana raída y roja con manchas de mugre. Hay tazones con un grueso asiento de azúcar.

Corro.

Pregunto en la puesta si no ha iniciado la tercera pieza:

 

-No, caballero. Por aquí, le muestro su asiento.

La encuentro calma y sonriente, con una mueca de alegría serena. Lleva en la mano una copa a medias de vino blanco. Yo me siento entre ella y los dos colombianos y me tiento despacio las cosas envueltas en el bolsillo interior del saco negro.

Están allí pero tal vez no debieran. Tal vez debí dejarlas ir por el retrete después de destruirlas.

Las luces bajan y todo vuelve al silencio. El sudor se ha ido y disfruto del concierto.

Tal vez mañana… tal vez otro día…

 

EM.

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Teatro de farsa

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Estábamos en un elevador. Ella lo sabía. Podía verlo en sus ojos. Su cabello estaba tenso por el espray y olía a salón de belleza. Yo miraba hacia el frente, hacia los botones enrojecidos que indicaban los pisos en los que nos detendríamos: cinco, dos, uno, planta baja. El movimiento de arranque del elevador me revolvía el estómago y me causaba esa sensación extraña como de vértigo: una pequeña punzada a cada jalón de esa caja cableada que nos llevaba hasta el lobby.

Al llegar allí me detuve para ponerme un cigarrillo entre los labios. Un camarero me miró con ojos de alarma. Ya sabía yo que no podía fumar en ese lobby soleado, repleto de turistas y de camastros; sin embargo, necesitaba sentir el cigarrillo en la boca para no vomitar. Le miré otra vez el cabello y me dirigí a las escaleras. Pedí el auto y, mientras esperábamos, ella seguía moviendo el pie izquierdo con impaciencia, como lo había hecho mientras bajábamos en la caja cableada.

Metí primera y me dejé llevar por la avenida en la que sólo se veían personas sudorosas y bell boys de uniformes blancos, corriendo al encuentro de algún cliente antipático. Encendí por fin el cigarrillo y dejé ir el humo con la brisa marina. Ella estaba allí pero no estaba. Sudaba ligera, discretamente, con apenas una gota cayendo de la punta de su nariz y un poco de rubor en las mejillas. Yo escurría a cada segundo, sintiendo en el pecho el ardor de las quemaduras solares que me habían dejado marcado un triángulo equilátero.

Arrojé el sombrero hacia el asiento trasero y me quedé con el cabello expuesto a los rayos del saetero. Ella removía sus gafas de sol de cuando en cuando para limpiarlas de una suciedad absolutamente invisible. Hacíamos cualquier cosa para no tener que mirarnos; queríamos huir del auto en el que ya sólo quedaban nuestros cuerpos tostados y nuestras gafas de sol y nuestros sombreros de palma. Aceleré por la carretera que salía cada vez más de la ciudad y se internaba en un camino de soledad que estaba secamente guarnecido por palmeras sedientas, muertas. Parecía no haber agua en cien kilómetros a la redonda; parecía que el sol dejaba en el camino un pequeño halo de ilusiones pasajeras.

Yo pensaba todo el tiempo en lo que pasaría una vez que dejáramos todos aquellos parajes para volver a nuestro departamento citadino en el que esperaban los libros, los discos, las comidas con amigos, los programas de teatro y los boletos para el cine.  Yo me preguntaba por lo que sería la vida una vez que comenzaran los reproches y las comparaciones; lo que nos diríamos cada mañana al levantarnos, mientras pretendiéramos que no ocultábamos nada.

Estaba expectante y, no obstante, no me importaba para nada que no nos quisiéramos, mientras pudiéramos continuar con la vida que ninguno de los dos deseaba que se quebrara. Podríamos soportar el quebranto de vivir juntos, sin desearnos, ni necesitarnos ni tener que decirnos nada. Lo que no podríamos soportar sería una separación que nos llevara a descomponer nuestra biblioteca con las reparticiones propias de un divorcio.

No queríamos perder nuestras vidas que se sostenían por la farsa de ser una pareja respetable; no deseábamos tener que renunciar a los cócteles y a los viajes. Cualquier farsa era más soportable que la deconstrucción del teatro que habíamos montado con años de esfuerzo.

Los dos pensábamos mientras el auto recorría aquella carretera soleada y sedienta que nos iba tragando hasta hacernos caer en el sueño.

 

Desperté y todo se había borrado. Me dijeron que mi esposa estaba muerta, que no había resistido al impacto. Me dijeron que no llevaba puesto el cinturón y que había salido expulsada del auto.

Hice la última escena de esa farsa y lloré amargamente, como lloran los niños cuando ya no les duele nada pero tienen que afincarse en el denuedo.

Lloré hasta que me quedé solo y pude reír porque el teatro se mantendría completo.

 

EM (TEXTO Y FOTOGRAFÍA).

Fotografía: interior del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.

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Poemedio en prosa

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Hay que escribir cuando se puede, cuando aún no se ha sido absorbido por la vorágine del trabajo oficinesco. Hay que beber a tragos largos, a caricias luengas de los labios con la copa. Hay que escribir siempre: en las bitácoras del trabajo, en los reportes de los supervisores, en las casas de los clientes, en restaurantes y cantinas.

Hay que escribir porque se ama y porque se odia; porque has caminado veinte cuadras sin que nadie te abra la puerta; porque te ha seguido un perro hasta la esquina de un terreno abandonado.

Hay que morirse en alguna montaña cirrótica, fumar esperando que los pulmones se encojan lo suficiente para morir con una respiración anhelante de tuberculosa. Hay que escribir poemas en prosa porque no se sabe nada de métrica. Hay, hay, hay, ahí, ahí, ay, ay, ay…

EM.

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