Bolsa interior de saco negro

 

 

Compramos boletos para ver a la Sinfónica Nacional en Bellas Artes en una galería de las más altas –nuestro presupuesto había decrecido por los constantes pagos a las tarjetas y mis gastos continuos por drogas que, por supuesto, yo cubría con tramoyas de todo tipo-.

El programa parecía interesante con un par de piezas de un clásico francés y un clásico ruso con una pieza menos conocida pero igualmente brillante de un compositor y musicólogo brasileño.

Todo comenzó despacio y, mientras los músicos daban la nota y preparaban los últimos detalles del concierto, yo me concentraba en tentar compulsivamente la bolsa interior de mi saco negro y ver la hora en mi reloj italiano plateado.

Ella parecía completamente despreocupada inclusive aburrida por la espera en un lugar al que ya habíamos ido tantas veces y en el que, por tanto, ya no había nada qué descubrir o mirar con interés.

Intenté leer los detalles del programa y las semblanzas biográficas y artísticas de los compositores pero me fue imposible debido al sudor que perlaba continuamente mi frente. Sentía frío y calor alternativamente y no podía concentrarme en la lectura ni en la cúpula del teatro ni en la charla con ella, que iba animándose conforme se acercaba la entrada del director.

Me puse de pie por un momento para buscar algo en la bolsa trasera del pantalón y me volví a sentar tan fuerte que el par de colombianos que estaban a mi lado voltearon a verme como si estuviera profanando a sus esposas.

Comienza la función y todos guardamos silencio; yo sigo la música con mis dedos para calmar la ansiedad de mi cerebro que no para de pensar en el bolsillo interior del saco negro.

Pasa lentamente la primera pieza en la que hay un allegro muy corto y comienza la segunda, la del brasileño, rematada por un fragmento rítmico dominado por el saxofón que es, por supuesto, algo poco común en un concierto clásico.

Llega el intermedio.

Salimos juntos, esquivando a las personas que permanecen sentadas durante el intermedio y subimos unas escaleras cortas que nos llevan hasta el pasillo. En algún momento, sin que ninguno de los dos nos demos cuenta, nos separamos y cada uno busca el camino hacia los sanitarios.

Un hombre de seguridad, de riguroso traje negro, ve mi desesperación y el sudor de mi frente e inquiere:

 

  • ¿El servicio, caballero?
  • Sí, por favor –contesto con voz temblorosa.
  • Por aquí, al fondo –mientras estira su mano derecha para indicarme la dirección.
  • Gracias –casi grito mientras me alejo rápidamente.

 

Tengo apenas diez minutos para colocarme y regresar a mi asiento que, para ese momento, me parece ya muy lejano e inubicable.

El baño está desierto a pesar de que es el intermedio. Entro al sanitario para discapacitados que es el más amplio y al que se le brinda un grado mayor de privacidad. Saco las cosas del bolsillo interior del saco negro. Están envueltas en un pedazo de raso rojo: jeringa, sustancia, encendedor y cuchara.

Aguzo los oídos para saber si alguien entra… Nada, nadie.

Enciendo rápido, con las manos temblorosas por el ansía. Apago en cuanto siento que está listo y busco la vena. Inyecto en el momento exacto en que dos jóvenes entran al baño. Escucho su cháchara por un momento mientras el sonido de su orina choca contra el material blanco del mingitorio.

Espero. Salen lentamente y sin sospechar nada.

Salgo del retrete completamente tranquilizado. Pongo agua en mis manos y la dejo correr por un par de segundos. Cierro la llave y sigo mirando el lavabo.

De pronto, sin que parezca explicable por qué lo recuerdo, llega a mi mente la imagen nítida del boleto:

 

¡NO HAY ACCESO UNA VEZ INICIADA LA FUNCIÓN!

 

Levanto la cabeza y salgo del baño sin saber cuánto tiempo he estado dentro. Camino rápido y, un momento después, comienzo a correr con desafuero.

Mientras corro hacia las puertas de acceso antes de que las cierren y ella prepare su escándalo para el momento de llegar a casa, recuerdo vagamente a mi tío Pablo tirado en el cuchitril que llamaba cuarto. Tiene un colchón con los resortes saliéndose y él está tendido a las dos de la tarde de un sábado. Hay múltiples bolsas absorbidas de cemento y Resistol  y, sobre una silla vieja, hay quemaduras y colillas de cigarrillos sin filtro.

El cuarto hiede y él está tapado hasta la cabeza con la sábana raída y roja con manchas de mugre. Hay tazones con un grueso asiento de azúcar.

Corro.

Pregunto en la puesta si no ha iniciado la tercera pieza:

 

-No, caballero. Por aquí, le muestro su asiento.

La encuentro calma y sonriente, con una mueca de alegría serena. Lleva en la mano una copa a medias de vino blanco. Yo me siento entre ella y los dos colombianos y me tiento despacio las cosas envueltas en el bolsillo interior del saco negro.

Están allí pero tal vez no debieran. Tal vez debí dejarlas ir por el retrete después de destruirlas.

Las luces bajan y todo vuelve al silencio. El sudor se ha ido y disfruto del concierto.

Tal vez mañana… tal vez otro día…

 

EM.

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Teatro de farsa

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Estábamos en un elevador. Ella lo sabía. Podía verlo en sus ojos. Su cabello estaba tenso por el espray y olía a salón de belleza. Yo miraba hacia el frente, hacia los botones enrojecidos que indicaban los pisos en los que nos detendríamos: cinco, dos, uno, planta baja. El movimiento de arranque del elevador me revolvía el estómago y me causaba esa sensación extraña como de vértigo: una pequeña punzada a cada jalón de esa caja cableada que nos llevaba hasta el lobby.

Al llegar allí me detuve para ponerme un cigarrillo entre los labios. Un camarero me miró con ojos de alarma. Ya sabía yo que no podía fumar en ese lobby soleado, repleto de turistas y de camastros; sin embargo, necesitaba sentir el cigarrillo en la boca para no vomitar. Le miré otra vez el cabello y me dirigí a las escaleras. Pedí el auto y, mientras esperábamos, ella seguía moviendo el pie izquierdo con impaciencia, como lo había hecho mientras bajábamos en la caja cableada.

Metí primera y me dejé llevar por la avenida en la que sólo se veían personas sudorosas y bell boys de uniformes blancos, corriendo al encuentro de algún cliente antipático. Encendí por fin el cigarrillo y dejé ir el humo con la brisa marina. Ella estaba allí pero no estaba. Sudaba ligera, discretamente, con apenas una gota cayendo de la punta de su nariz y un poco de rubor en las mejillas. Yo escurría a cada segundo, sintiendo en el pecho el ardor de las quemaduras solares que me habían dejado marcado un triángulo equilátero.

Arrojé el sombrero hacia el asiento trasero y me quedé con el cabello expuesto a los rayos del saetero. Ella removía sus gafas de sol de cuando en cuando para limpiarlas de una suciedad absolutamente invisible. Hacíamos cualquier cosa para no tener que mirarnos; queríamos huir del auto en el que ya sólo quedaban nuestros cuerpos tostados y nuestras gafas de sol y nuestros sombreros de palma. Aceleré por la carretera que salía cada vez más de la ciudad y se internaba en un camino de soledad que estaba secamente guarnecido por palmeras sedientas, muertas. Parecía no haber agua en cien kilómetros a la redonda; parecía que el sol dejaba en el camino un pequeño halo de ilusiones pasajeras.

Yo pensaba todo el tiempo en lo que pasaría una vez que dejáramos todos aquellos parajes para volver a nuestro departamento citadino en el que esperaban los libros, los discos, las comidas con amigos, los programas de teatro y los boletos para el cine.  Yo me preguntaba por lo que sería la vida una vez que comenzaran los reproches y las comparaciones; lo que nos diríamos cada mañana al levantarnos, mientras pretendiéramos que no ocultábamos nada.

Estaba expectante y, no obstante, no me importaba para nada que no nos quisiéramos, mientras pudiéramos continuar con la vida que ninguno de los dos deseaba que se quebrara. Podríamos soportar el quebranto de vivir juntos, sin desearnos, ni necesitarnos ni tener que decirnos nada. Lo que no podríamos soportar sería una separación que nos llevara a descomponer nuestra biblioteca con las reparticiones propias de un divorcio.

No queríamos perder nuestras vidas que se sostenían por la farsa de ser una pareja respetable; no deseábamos tener que renunciar a los cócteles y a los viajes. Cualquier farsa era más soportable que la deconstrucción del teatro que habíamos montado con años de esfuerzo.

Los dos pensábamos mientras el auto recorría aquella carretera soleada y sedienta que nos iba tragando hasta hacernos caer en el sueño.

 

Desperté y todo se había borrado. Me dijeron que mi esposa estaba muerta, que no había resistido al impacto. Me dijeron que no llevaba puesto el cinturón y que había salido expulsada del auto.

Hice la última escena de esa farsa y lloré amargamente, como lloran los niños cuando ya no les duele nada pero tienen que afincarse en el denuedo.

Lloré hasta que me quedé solo y pude reír porque el teatro se mantendría completo.

 

EM (TEXTO Y FOTOGRAFÍA).

Fotografía: interior del Palacio de Bellas Artes, Ciudad de México.

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Poemedio en prosa

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Hay que escribir cuando se puede, cuando aún no se ha sido absorbido por la vorágine del trabajo oficinesco. Hay que beber a tragos largos, a caricias luengas de los labios con la copa. Hay que escribir siempre: en las bitácoras del trabajo, en los reportes de los supervisores, en las casas de los clientes, en restaurantes y cantinas.

Hay que escribir porque se ama y porque se odia; porque has caminado veinte cuadras sin que nadie te abra la puerta; porque te ha seguido un perro hasta la esquina de un terreno abandonado.

Hay que morirse en alguna montaña cirrótica, fumar esperando que los pulmones se encojan lo suficiente para morir con una respiración anhelante de tuberculosa. Hay que escribir poemas en prosa porque no se sabe nada de métrica. Hay, hay, hay, ahí, ahí, ay, ay, ay…

EM.

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Día 7

 

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Una mañana de esas en las que los dolores de espalda se volvían insoportables me decidí a enviar un par de textos a una revista literaria, siempre con la esperanza de que los editores estuviesen borrachos, drogados o cogiéndose el cadáver de Janis en el Landmark Motor Hotel al momento de elegir los textos. Necesitaba realmente ganarme unas monedas que evitaran que siguiera limpiándome la nariz y el culo con el mismo trozo de papel.

Después de enviar mis escritos, me recosté en la cama y, apenas empezar a leer, la  vecina de risa estúpida comenzó a escuchar a todo volumen su música deleznable. Solté el libro y cerré los ojos esperando que volara en pedazos su aparato reproductor (es decir, cualquiera de los dos). No sucedió.

Decidí sentarme a esperar la respuesta de unos hijos de puta que seguramente no elegirían mis textos por ser “demasiados obscenos”. ¡A la mierda!, pensé mientras encendía un cigarrillo y fantaseaba con bajar a coger con la vecina.

 

EM.

 

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Última noche

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Fue un jueves. La tarde era muy fría y asemejaba a un enfermo de disentería. El sol no se asomaba pero parecía conferir la parte más mortecina de su color al aire vespertino. La cabaña, por su parte, estaba sola, sola en medio de un claro de un bosque umbroso. No se veía a nadie alrededor: ni una casa, ni un perro que ladrara.

Tocamos la campanilla casi sin esperanzas de que alguien contestara; sin embargo, después de unos segundos apareció en el marco de la ventana la imagen de un anciano que nos miraba con desconfianza. –No hemos perdido –dijimos.

El anciano abrió lentamente la puerta y en el umbral de ésta parecía mucho más grande y fuerte de lo que pensamos. Tenía rasgos aindiados, el cabello entrecano y la quijada fuerte como la de un cebú. Nos invitó a pasar y dijo que prepararía un poco de té enseguida.

Laura y yo nos miramos como si adivináramos en el otro esa sensación extraña de pesadez y abandono que nos invadía. La atmósfera no era opresiva y, no obstante, se sentía como si aquella casa hubiese absorbido los presuntos dolores o penas de ese anciano solitario.

Regresó a los pocos minutos con un par de tazas de té para nosotros y, poco después, una más para él. Nos dijo, entre otras cosas, que estábamos como a cinco kilómetros de la carretera, que en esos terrenos se traducían en un par de horas de trayecto en la camioneta. –Pero lo mejor será que se queden esta noche –dijo con más vivacidad de la que había mostrado hasta ese momento.

Nos explicó que el campo, después de las seis, se ponía obscuro y que las veredas se perdían, que desaparecían de pronto hasta que los coches se iban por un despeñadero. Laura y yo no pudimos disentir de sus palabras y decidimos quedarnos una noche en la cabaña.

Cuando la obscuridad empezó a enfriar todo, a eso de las siete, el viejo puso un poco de leña en su rústica chimenea y nos contó que hacía mucho que estaba allí, completamente solo desde que había muerto su último perro. Que hacía mucho que no sabía de televisiones o de radios. –De todos modos –dijo, aquí no llega ninguna señal.

Le preguntamos por la forma en la que se mantenía y nos dijo que había gente en el bosque que varias veces por semana le dejaba una cesta con comida afuera de su cabaña. –Gente extraña que toca la campanilla y desaparece antes de que yo abra la puerta. Antes de eso, yo cazaba y recogía las yerbas del campo.

-¿Gente extraña? –inquirió enseguida Laura, que parecía un poco asustada.

-Sí, gente que vive por allí, perdida en el bosque y que saben que yo estoy aquí y que no cuento con nadie.

-Nosotros no hemos visto a nadie –dije yo a mi vez.

-Es normal, ellos no aparecen así como así. Yo tardé meses en darme cuenta de que estaba acompañado –replicó el anciano.

La mención de esa gente nos dejó en suspenso hasta mucho después de que la casa se llenara de silencio, cuando el anciano se quedó dormido en su mecedora. No quisimos despertarlo porque parecía dormir plácidamente, sin asomo de pesares. Pensamos que cuando despertara iría a dormir a su habitación que apenas contaba con una cama desvencijada, una silla y un diminuto ropero; no tenía ningún espejo.  Nosotros nos acostamos en el suelo de la cocina

La noche estuvo en un silencio sepulcral hasta el momento en el que escuchamos los pasos del anciano que caminaba sobre el suelo de la pequeña estancia. Sus pasos, sin embargo, parecían mucho más rápidos de lo que podíamos suponer en un hombre de su edad. No abrimos los ojos y nos volvimos a abandonar al sueño.

La mañana nos despertó con la luz que entraba por la ventana. Abrí los ojos y vi que Laura seguía dormida, con un sueño un poco inquieto. Pensé que no tardaba en despertar y me incorporé lentamente. El anciano seguía en la mecedora, con el cuello doblado hacia su pecho y sin movimientos perceptibles. Me levanté de a poco y me acerqué sin hacer ruido. Parecía no respirar.

De pronto, sin que yo lo presintiera, alguien abrió la puerta y me atravesó con la mirada. Era un niño. No, un enano. Un enano que me inquirió acerca de mi presencia allí. Le dije que el viejo nos había dejado pasar la noche allí pero que ahora parecía no respirar.

El enano me miró enigmáticamente. -¿Cuándo los invitó a pasar? –preguntó.

-Ayer en la tarde, cuando nos perdimos en el bosque. La camioneta de afuera es nuestra.

En ese momento, Laura ya me hablaba desde el suelo de la cocina, preguntando qué era lo que pasaba. La vi levantarse por el rabillo del ojo.

Cuando Laura estuvo a mi lado, el enano nos miró otra vez con esos ojos inquisitivos y escalofriantes y nos dijo que era imposible.

-¿Qué es imposible? –preguntamos Laura y yo casi con la misma voz.

-Ese viejo ha estado muerto allí desde ayer en la mañana. Yo fui a avisar a los de mi aldea para que lo enterremos pero, sin saber cómo, me he perdido en el bosque, el bosque que conozco de siempre. He tardado mucho y no he llegado hasta la tarde.

-Eso no puede ser, ayer en la tarde llegamos y el viejo nos ha hecho pasar –dije yo con la voz apagada mientras miraba palidecer a Laura.

-Pero si está muerto desde ayer – dijo el enano mientras salía corriendo, internándose en el bosque.

 

EM (Fotografía y texto).

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365 días (1)

sam_6919.jpgDía 2:
 
Me desperté un poco más tarde y allí estaba ella: mirando el techo sin mirarlo, perdida con los ojos glaucos brillando al cielorraso albo de la madrugada. Sus piernas estaban muy estiradas, tensas, musculosas y suaves. Sus senos se divisaban tumefactos debajo de esa camiseta gris y térmica. Su vientre, denso y suave, se entregaba a la hoguera del deseo materno.
La noche estaba cerrada, sin estrellas, completamente lívida y fría. A lo lejos los perros aullaban con denuedo a la obscuridad que parecía traer a algún demonio furtivo vestido de oveja negra. Miré por la ventana y la niebla se expandía por encima de nuestra ventana; se veía allá arriba, en los cerros, la corona blanca del misterio.
Volví a la cama después de orinar despacio y amarillo. Ella seguí inmóvil, sin decir palabra, ni onírica ni consciente. Ahora su mano izquierda estaba a la altura de su sexo hirsuto. No acariciaba, sólo estaba posado allí como si con ello intentara descubrir un secreto tan profundo como el túnel ovárico; un secreto eréctil que esperara el estímulo del calor humano para guarecerse del frío externo.
Me volteé para no mirarla más, para dejarla pensar en lo que fuera que estuviese pensando durante esa abstracción denodada. Deje su mano sobre su sexo y su vientre ardiendo al fuego de su deseo de ser madre. Sentí el movimiento de sus piernas que, cuando volví a despertar, estaban extendidas hacia la pared, en alto, con el único movimiento del temblor producido por el frío. Fui por agua. No se puede negar que era una noche inquieta, cortada en pequeñas rebanadas de sueño.
Sus ojos ahora estaban cerrados, bebía el agua a sorbos grandes interrumpidos por pequeños resuellos de ahogado. Le salía un poco de líquido por las comisuras, como baba. Le dije que levantara un poco la cabeza al sorber pero me miró como si le estuviera sugiriendo un aborto espontáneo. Como si la concepción, por el sólo hecho del deseo y de las piernas en alto, fuese ya una realidad.
 
EM.
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Soy una península…

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Soy una península,

 

tomado con las puntas de los dedos

 

a la cordura de no ser una isla, al

 

asidero de las montañas y los muros

 

fronterizos que marcan que nadie está

 

solo, sino en oposición al que está del otro lado.

 

EM.

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